domingo 3 de enero de 2010

Juicio a un Final




Me mataré si no vienes. Así decía el mensaje que aquella tarde Gustavo le envió, a través de su celular, a su ex novia. Preparó con sumo cuidado todo lo necesario para terminar con su vida ese mismo día. Repasó cada movimiento con cautela. De estar seguro las manías con que maquinó aquel momento no hubiesen aflorado. Pero persistía. Retiró de su cama una de las viejas sábanas y la enrolló hasta lograr una especie de gruesa cuerda. Miró su reloj de bolsillo con impaciencia, mientras recorría cada rincón de su pieza esperanzado en que su amada llegaría a tiempo. Él sabía que ella ya no lo amaba, pero sus motivos para dar fin a su existencia no eran tan sólo producto del desamor. La soledad invadía su vida con asombrosa rapidez y a sus cortos veinte años no había podido llenar ese vasto espacio ni con alcohol, ni con amor, ni con amigos. Día y noche pensaba en que el suicidio era la única salida, pero su educación cristiana no tardaba en sentenciar sigilosamente su decisión. Ese día lo único que deseaba era que alguien lo llegara a rescatar. Estaba seguro que su hado lo había conducido hasta aquí, pero el miedo que ese día lo mantenía acorralado en su habitación abría la puerta de la tan despreciada esperanza de algún tipo de salvación.
Gustavo era un tipo excepcional. Sus amigos siempre pensaron que era realmente un genio que el alcohol y las drogas habían mutilado de improviso. Pero él siempre respondía que la vida lo había desahuciado y llevado hasta donde estaba. Los problemas del mundo lo aquejaban, e impotente se dormía cada noche pensando en la mejor manera de terminar con la injusticia terrenal, o en su defecto, con su vida. Para él no había otro dilema más importante que el dotar de sentido a la vida. Gustavo era un ateo convencido, pero acostumbraba a decir que el suicidio era lo más divino que podía llegar a hacer un hombre. Quitarle la causalidad a la vida eligiendo el día de nuestra muerte, convertía a todo ser humano en un pequeño semidiós. La vida, pensaba él, era imposible de poder valorar. -¡Cómo valorar lo que nos permite valorar!- acostumbraba a decirles a sus amigos cuando discutían sobre el valor de la existencia. La suma de todos estos cuestionamientos, aumentado por el desamor, habían conducido a Gustavo hacia donde hoy se encontraba. Solo en su habitación, paseándose de un lado a otro, fumando un cigarrillo, con los nervios acechando todo su cuerpo, esperando a la mujer que amaba o a la muerte ingrata y concebida. Sus manos temblaban. Temía que esa tarde la que atravesara el umbral de esa puerta no fuese su ex novia, sino su madre. Algo de empatía anidaba aún en su corazón, y ver a su madre aquel día amenazaría, paradójicamente, con poner fin a su fin.
Su ex novia, desesperada y sollozando en el bus rumbo a casa de Gustavo, no dejaba de maldecirlo. No entendía su decisión ni mucho menos el haberle mandado un mensaje sentenciando su próxima muerte. Pero esos sentimientos se distorsionaban en su mente y no tardaba en aflorar el amor que alguna vez había sentido por el joven. El llamado era a salvarlo y eso haría. Sentada en el microbús la angustia le carcomía poco a poco, pero sabía que más no podía hacer. Tomó su celular y lo llamó. Nadie contestó. Lloró, maldijo, se calmó.
Gustavo seguía dando vueltas a su pieza. Había decidido cerrar con llave y lanzar ésta por la ventana. Así, no habría escapatoria posible que le hiciese dar un paso atrás. Si llegaba su ex novia, de alguna u otra forma lo salvarían, pero él de su cuarto no saldría solo ni por su cuenta. La tribulación le impedía pensar fríamente. Sus manos temblaban sobremanera y los mareos le acechaban cuando, de reojo, miraba aquella sábana que, extendida, esperaba en la cama. Pero en alguna parte de su cabeza la decisión ya estaba tomada, aun cuando los breves delirios le traían las imágenes de su novia llegando a su encuentro. Si su decisión era cobarde o un acto de valentía, para él era cuestión de perspectivas y no le preocupaba en lo absoluto. Él en esto era juez y parte y su habitación el impávido jurado.
Camino a casa de Gustavo, su ex novia se topó con la madre de éste. Sin darle ningún tipo de explicación la tomó fuertemente del brazo y apresuró el paso. La madre de Gustavo no podía entender nada, pero con una leve preocupación se incorporó camino a casa. La joven intentaba tragar saliva e impedir que las lágrimas afloraran y corrieran por sus mejillas. Subieron rápidamente las escaleras. Tocaron desesperadas la puerta de la habitación donde Gustavo se encontraba hace ya más de una hora. Éste con el corazón a punto de estallar, intentó abrir la puerta desesperado. Le dijo a su madre que fuera en busca de ayuda. Ésta casi enloquecida salió corriendo a buscar a algún vecino, mientras la muchacha que no paraba de llorar y pedirle a Gustavo que no lo hiciera, intentaba a golpes abrir la puerta. De pronto los desesperados golpes de Gustavo intentando abrir la puerta se detuvieron. Respiró hondo. Retrocedió unos pasos. Miró toda la habitación. La sábana blanca seguía donde mismo. Apoyó su boca suavemente en la puerta y le dijo a la muchacha que la amaba. Ella tan sólo gritó ¡No! El joven dio media vuelta, agarró la sábana con su mano derecha. Con la izquierda tomó una carta que dejó suavemente acomodada en su almohada. Se subió a una silla, arregló la sábana en el techo como lo había planeado y esta vez no dudó. Un leve gemido de dolor revoloteó en la más absoluta soledad de la habitación. El desenlace no tardó en volverse tabú, y cualquier otro detalle expuesto aquí carece de toda importancia, si la madre fue a parar a un siquiátrico, si su ex novia cayó en depresión, si al día siguiente nadie habló de lo ocurrido, no haría más que entrañar aquella decisión.

lunes 28 de diciembre de 2009

Cuento I

Un cuento para Manuel Ibarra.


El hombre caminaba tranquilo por el bandejón central de la Gran Avenida. Sus pasos calmos reflejaban sus pensamientos. La lluvia caía indiferente a su alrededor, y él, sin paraguas ni abrigo, disfrutaba cada paso viendo como su figura se reflejaba en los charcos que los relámpagos iluminaban fugazmente. De vez en cuando se detenía a mirar a los niños que alegres jugaban en el agua, para luego con la misma parsimonia incorporarse y seguir caminando sin destino alguno. Acostumbraba a dar vueltas por la ciudad todas las tardes de invierno, contemplando a la gente que escapaba de la lluvia. Pero esta vez algo extraño le sucedía y no podía comprender de qué se trataba. A uno de los tantos grupos de niños que jugaban ese día, el hombre decidió acercarse y saludarlos alegremente, pero aquellos infantes no respondieron a su saludo y ni siquiera lo miraron. Manuel pensó que su vestimenta mojada, podía lucir un tanto harapienta y que eso podría haber asustado a los pequeños, pero mirándose en un espejo de una tienda, comprobó que su ropa no lucía mal. Esto lo mantuvo pensativo por unos instantes, sin embargo, prosiguió con su paseo. Al cruzar la calle logró divisar que un hombre caminaba hacia él, y estando a menos de diez pasos le preguntó la hora. El hombre ni siquiera se inmutó y pasó caminando por el lado de Manuel como si éste no existiese. Asombrado por lo ocurrido, apuró cada vez más su paso con dirección al negocio de un viejo amigo de la infancia para contarle lo que estaba ocurriendo. Cruzó las calles rápidamente mientras observaba cómo la gente pasaba a su lado sin percatarse de su presencia. Acercándose a una esquina, quiso ayudar a una anciana que intentaba atravesar la calle. Amablemente se preparaba para hablarle y tomarla del brazo cuando sintió que no podía sujetar a la pequeña anciana. Intentó hablarle, pero la mujer no respondió y se preparó para cruzar la calle. Manuel, desesperado, corrió aún más rápido con tal de llegar pronto donde su amigo.

Al llegar al negocio su sorpresa fue aún más grande. En la tienda vendían chocolate caliente, y producto del frío de aquella tarde, el local se encontraba apostado de gente. Manuel con prisa intentó llegar hasta donde se encontraba su amigo atendiendo al público. Cuestión que no le fue difícil lograr, ya que para su mayor asombro pasaba entre la gente como si las estuviese atravesando. Asomando su cabeza entre el gentío saludó desde lejos a Rafael, pero éste último nada respondió. Manuel pensando que se había vuelto loco, gritó el nombre de su amigo gesticulando con sus manos para que éste se acercara a saludarlo, mas nuevamente sus esfuerzos fueron en vano. De prisa salió de aquel negocio y comenzó a correr sin dirección alguna. La lluvia seguía cayendo con igual intensidad y cada metro que Manuel avanzaba, ésta se encargaba de mojarlo y cegar su vista. A lo lejos divisó un parque y se apresuró por llegar. La lluvia de pronto se detuvo y una suave garúa empezó a refrescar su rostro sudado. Miró hacia todos lados y al principio no pudo encontrar a ninguna persona. Tan sólo había perros cobijandose del frío y la lluvia bajo un árbol y palomas envueltas en barro picoteando desesperadamente el piso mojado. Empero, al seguir caminado al interior del parque logró ver sentado en una banca a un joven de boina y abrigo negro que se encontraba escribiendo en una libreta. Sin saber muy bien porqué, se acercó sigilosamente hacia él, y cuando ya estaba a menos de dos metros se dio cuenta que el joven lo miraba sonriente. Manuel, un tanto nervioso, pero feliz de que al menos alguien haya notado su presencia, se sentó a su lado. Sin preguntar nada, y entendiendo que aquel joven se encontraba ocupado, comenzó, de reojo, a intentar leer lo que escribía tan apasionadamente. El joven después de aquella sonrisa con la cual lo recibió no emitió comentario alguno. Manuel seguía sin poder mirar lo que en esa libreta aquel extraño estaba plasmando.

De pronto el joven de boina dejó de escribir por un momento y Manuel, impactado, logró leer su nombre y apellido en aquel papel. No podía creer en tal coincidencia. Se restregó los ojos y volvió a leer. Claramente pudo observar que entre tantas líneas decía Manuel Ibarra. Sin saber porqué se comenzó a poner cada vez más nervioso, mas sin emitir palabra alguna. Pensó si se estaría volviendo loco, o si sin saberlo se había drogado. Pero lo descartó de inmediato. Seguía extrañamente pasmado, hasta que decidió preguntarle a aquel joven por qué estaba escribiendo eso, y quién era Manuel Ibarra. Cuando vio que el joven no le respondía, intentó zamarrearlo con fuerza, pero atónito sintió cómo su mano atravesaba el cuerpo del adolescente. Se tomó la cabeza con ambas manos y la sacudió. Miró sus manos, palma y dorso. Se levantó y miró nuevamente al joven que con una leve sonrisa seguía escribiendo con la misma pasión del comienzo. Manuel le gritó, lo insultó, le escupió, mas sin resultados. Cuando ya estaba furibundo creyó oír al joven decir que sólo se trataba de un cuento. Esto en vez de aliviarlo, lo dejó estupefacto, y sin decir ni una sola palabra comenzó a retroceder. El joven paró de escribir y mientras Manuel se alejaba cerró su libreta. Sin ninguna explicación, uno de los dos, nadie sabe quién, se esfumó sin dejar rastro alguno.

Al día siguiente los policías que recorrían el parque encontraron a un joven muerto en una de las bancas de madera. Al parecer había fallecido de hipotermia. Los hombres inspeccionaron sus documentos. Su nombre era Manuel Ibarra. Revisaron la libreta que, mojada por la lluvia, yacía en el suelo. Al ojearla no sin dificultad, pudieron leer lo siguiente: “El hombre caminaba tranquilo por el bandejón central de la Gran Avenida. Sus pasos calmos reflejaban sus pensamientos. De vez en cuando…”. Un par de metros más allá encontraron una boina abandonada, que un perro tomó con su hocico y se la llevó.

domingo 27 de diciembre de 2009

Registro diario

Sueño, me levanto, tengo sed, bebo,

Bostezo, vuelvo a dormir, sueño,

Vuelvo a levantarme, me rasco,

Miro y miro, cierro un ojo, toso,

Pesco un libro, leo, junto letras,

Fumo, fantaseo, salgo afuera, me pierdo,

Vuelvo adentro, grito, bebo, tengo sueño,

Me ducho, corre agua, me quemo,

Escribo, borro, estoy contento,

Sudo con ganas, me seco, y vuelvo afuera,

Me detengo, dolor de cabeza,

Estos versos no riman

Ni con Neruda a la cabeza,

Dolor de muelas, me sobo, bostezo,

Camino, me canso, me siento,

Lloro, hablo conmigo, miento,

Vuelvo a casa, me acuesto, sueño,

Duermo de lado, babeo, tengo frío,

Me siento en la cama, desvarío,

Busco y busco y no te encuentro,

Discuto, pongo la mesa, como,

Me enojo, te siento, me callo,

Grito tu nombre a cuatro vientos,

Te busco, te recuerdo, te maldigo,

Te quiero, te quiero, ya no sé lo que digo,

Punto, punto y seguido…

jueves 24 de diciembre de 2009

Sonetos para una bendita desconocida

Soneto I

Escribo para la mujer que busqué
Redactando entre los intersticios
Dándome plazo hasta mi solsticio
Para este soneto que le inventé.

Dedico monsergas para la mujer
Que conozco entre mis sueños rotos
Y que evito en persona como devoto
Como si mirarla no fuera placer.

Ando con esas ganas menos de ti
Que me atraviesas tal desconocida
Que me hace afirmar el contigo sin ti

Deja de esparcir vinagre en la herida
Déjate de minar los días sin ti
Si eres una bendita desconocida.

Bienvenido/a

Primero y como corresponde, debo dar la bienvenida a mi blog a todos y todas que por ABC motivos llegan a este pequeño rincón del ciberespacio. Espero les agrade lo que escribiré desde aquí en adelante y que pretende abarcar lo que más se pueda en cuanto a temas. Quiero pasar por filosofía, poesía, política, cuentos, critica literaria, y de todo cuanto se me ocurra publicar aquí, y hasta me atreveré a publicar algún que otro soneto y poema que las tardes de melancolía me han hecho escribir.

Saludos

Y nos leemos pronto.